Dejar la pereza: 7 pasos realistas para ser más productiva

Deja la pereza: 7 pasos realistas para ser más productiva

Deja la pereza. Dicho así parece tan sencillo como decidir levantarte y ponerte a hacer cosas, pero con el tiempo me he dado cuenta de que rara vez funciona de esa manera. Hay días en los que posponemos porque una tarea nos da pereza, sí, pero otras veces detrás hay cansancio, desorden, demasiadas cosas abiertas o simplemente no saber por dónde empezar.

Por eso tampoco creo que ser productiva o ser perezosa sean identidades fijas. Son formas de funcionar que pueden cambiar. Podemos adquirir hábitos que nos ayudan a empezar y terminar mejor las cosas, igual que podemos acostumbrarnos poco a poco a distraernos, aplazar o dejar que todo se acumule.

«Vale, Sarai, ¿a dónde quieres llegar con esto?…»

A algo bastante sencillo: antes de exigirte más disciplina, conviene descubrir qué está haciendo difícil empezar. A veces necesitarás organizarte. Otras, descansar. Y otras simplemente dejar el móvil lejos y hacer de una vez esa pequeña tarea que llevas tres días evitando.

Deja la pereza: 7 pasos realistas para ser más productiva

Este artículo no pretende convertir cada momento del día en tiempo productivo. Descansar no es ser perezosa y no necesitamos justificar cada pausa haciendo algo útil. Quiero centrarme en esos momentos en los que sí queremos avanzar, sabemos que tenemos algo pendiente y, aun así, seguimos retrasándolo.

Deja la pereza con 7 cambios que puedas mantener

1. Averigua qué está haciendo difícil empezar

Antes de llamarlo todo pereza, intento identificar qué está ocurriendo. No es lo mismo evitar una tarea aburrida que tener delante un proyecto enorme y poco definido.

Algunos obstáculos bastante habituales son:

  • plantear objetivos demasiado grandes;
  • querer hacerlo todo perfectamente;
  • no tener claro cuál es el siguiente paso;
  • intentar atender demasiadas cosas a la vez;
  • acumular tareas hasta que resulta difícil decidir por cuál empezar;
  • estar demasiado cansada para el plan que habías preparado.

Cuando sé cuál es el problema, puedo actuar sobre algo concreto. Si lo que ocurre es que llevo días aplazando una tarea aun sabiendo exactamente qué tengo que hacer, me resulta más útil aplicar estrategias específicas para vencer la procrastinación que seguir reorganizando la agenda.

Y si el cansancio, la apatía o la ansiedad son intensos, persistentes o están interfiriendo de forma importante con tu vida cotidiana, no los reduciría simplemente a «pereza». En ese caso puede ser razonable hablarlo con una persona de confianza y buscar orientación profesional.

2. Reduce el objetivo hasta encontrar una acción concreta

Una de las formas más efectivas que tengo de desbloquearme es dejar de mirar durante unos minutos todo lo que falta.

«Organizar la casa», «preparar el proyecto» o «ponerme al día» son expresiones demasiado grandes. En cambio, «ordenar este cajón», «escribir el esquema» o «responder estos tres correos» me dicen exactamente qué puedo hacer.

Yo, cuando noto que me bloqueo, suelo volver al papel. Escribo lo que tengo delante y lo divido hasta encontrar una acción que pueda empezar. Tenerlo fuera de mi cabeza evita que siga dando vueltas al proyecto completo.

Un planificador diario o una lista sencilla pueden ser suficientes. No por tener una página bonita vas a hacer automáticamente las tareas, pero escribirlas te obliga a concretar qué quieres hacer y te permite decidir qué va primero.

3. Deja de intentar hacerlo todo a la vez

Hay días en los que parece que estamos haciendo muchísimo porque cambiamos continuamente de una tarea a otra. Abrimos un documento, respondemos un mensaje, miramos una notificación, volvemos al documento y recordamos otra cosa pendiente.

A mí esa forma de trabajar me hace sentir ocupada, pero no necesariamente me ayuda a terminar.

Por eso intento escoger una tarea y darle un tramo de atención antes de pasar a la siguiente. Si tiendes a trabajar con muchas cosas abiertas al mismo tiempo, en el artículo sobre multitarea explico con más detalle cómo estoy aprendiendo a reducir esos cambios constantes.

No necesitas concentrarte durante horas. Puedes empezar protegiendo un periodo razonable en el que solo existe una tarea.

4. Pon un poco más difícil acceder a tus distracciones

No siempre quiero depender de mi fuerza de voluntad para no mirar el móvil. Me funciona mejor modificar el entorno.

Puedo dejar el teléfono fuera de mi alcance, cerrar pestañas que no necesito o desactivar avisos mientras estoy trabajando. Si tengo papeles de varios proyectos encima de la mesa, también intento guardar aquello que no corresponde a lo que estoy haciendo.

Las redes sociales no son necesariamente el problema por sí mismas. El problema aparece cuando cualquier momento incómodo de una tarea se convierte automáticamente en una excusa para abrirlas.

Reducir esa facilidad crea una pequeña pausa entre «esto me está costando» y «voy a distraerme». A veces esa pausa es suficiente para continuar.

5. Prepara una carga de trabajo que realmente quepa en el día

También he aprendido que una lista imposible puede parecer pereza cuando, en realidad, el problema está en la planificación.

Si una jornada ya contiene trabajo, citas, tareas de casa y otros compromisos, no puedo seguir añadiendo cosas como si todas las horas estuvieran libres. Hay semanas en las que organizar mejor ayuda; otras necesitan directamente menos carga.

Cuando noto que todo empieza a acumularse, intento escoger pocas prioridades y dejar el resto escrito para otro momento. En mi guía sobre cómo lidiar con un horario ocupado explico precisamente cómo separo compromisos fijos, tareas flexibles y aquello que puede esperar.

No todo lo pendiente pertenece a hoy.

6. Cuida lo básico antes de exigirte más

Hay días en los que ningún sistema de productividad compensa haber dormido poco o llevar demasiado tiempo sin parar.

Intento prestar atención a cosas bastante básicas: dormir lo necesario, comer con regularidad, moverme de forma razonable, salir un rato y no mantenerme continuamente delante de una pantalla.

También necesito momentos en los que simplemente descanso. Leer, salir al aire libre o estar un rato sin estímulos constantes no tiene que convertirse en otra técnica para producir más después. El descanso tiene su propio lugar.

Precisamente por eso conviene distinguir entre descansar deliberadamente y pasar una hora desplazando contenido en el móvil cuando en realidad querías hacer otra cosa. Desde fuera pueden parecer dos pausas, pero no siempre terminan dejándonos igual.

7. Aprende a terminar y a volver a empezar

No necesitas esperar a tener una semana perfecta para cambiar un hábito. Si hoy has perdido una mañana entera, todavía puedes decidir qué hacer con la siguiente hora.

Esto me parece importante porque resulta muy fácil caer en el «ya da igual». Como no he cumplido lo previsto, abandono también el resto del día. Pero un mal comienzo no obliga a continuar igual.

Cuando me ocurre, intento volver a una pregunta muy sencilla: ¿qué puedo terminar ahora?

Puede ser una tarea pequeña. Lo importante es recuperar dirección. Después ya decidiré cuál es la siguiente.

Una lista semanal para pasar de las ideas a tareas concretas

Para acompañar estos pasos he preparado una lista de tareas semanal imprimible. La idea es muy sencilla: reunir en una sola hoja lo que quieres hacer durante la semana y evitar que todo termine repartido entre notas, recordatorios y cosas que intentas mantener en la cabeza.

No necesitas llenar cada espacio. Empieza escribiendo lo que realmente corresponde a esa semana y, después, decide qué merece atención primero. Si una tarea sigue siendo demasiado grande, divídela antes de pasarla al día concreto.

Elige el tamaño que mejor se adapte a tu planificador o carpeta y, si sabes que vas a utilizarla con frecuencia, puedes imprimir varias copias para tenerlas preparadas.

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Deja la pereza, pero no intentando convertirte de repente en una persona que hace todo perfectamente. Empieza observando qué te está frenando, reduce la siguiente acción y prepara un sistema suficientemente sencillo para volver a utilizarlo mañana.

Al final, avanzar suele depender mucho menos de una gran dosis de motivación que de esas pequeñas decisiones que repetimos: escribir la tarea, apartar una distracción, empezar aunque no apetezca demasiado, descansar cuando toca y volver a continuar después.

Nunca es demasiado tarde para cambiar un hábito que ya no te está ayudando.

❥ Sarai


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